CUENTOS Y RELATOS
Voy a hacer un relato sobre las confidencias que una anciana octogenaria me confió un día en la cola de la pescadería. Por cierto, no se ni como se llama. Era una mujer de aspecto bondadoso que me inspiraba ternura. Pequeñita, desgastada, encorbada hacia adelante, con el peso de la vida cargado sobre sus espaldas. Sus manos deformadas por la artrosis alisaban con frecuencia su cabello canoso que recogía en la nuca con un moño.
Me dijo que se había casado jovencita y muy enamorada del único hombre que ha habido en su vida. -Era alto y muy guapo- me decía orgullosa- enseguida llegaron los hijos, seis, uno tras de otro, no me daba tiempo de recuperarme de la cuarentena y ya estaba otra vez preñada. Mi Juan era muy fuerte -refiriéndose a su sexualidad -me buscaba todos los días cuando volvía del campo, y yo no le decía que no. Soltó una carcajada pícara que me hizo reir.
-Estuvimos moceando cuatro años. Me casé con diecisiete y él con veintiuno.
-Sólo vivía para él y para mis hijos. He trabajado mucho, cogiendo aceitunas, sacando papas de la tierra, lo que fuera, y criando niños, que los tenía limpios y relucientes. Yo pasé hambre pero mis hijos y mi Juan poco, me quitaba el pan de la boca para dárselo a ellos. La hambre es muy mala. Cuántas noches me acostaba sin comer, hartita de trabajar. Eso lo hacemos sólo las madres y por amor -me miró con un gesto de complicidad, sin borrar la sonrisa de su boca desdentada
-Pero ahora es diferente -seguía hablando- ya no se pasan necesidades, gracias a Dios.
La escuchaba con atención porque me parecía muy interesante todo lo que me contaba. Una vida tan diferente a la mía en la que no me había faltado nunca un buen plato de comida, ni la ropa, que tenía de más, ni los caprichos que quisiera. Sin embargo, pensé, siempre estamos insatisfechos porque hay algo más que deseamos tener y no paramos hasta conseguirlo. Esta buena mujer era feliz con lo que tenía porque no aspiraba a más.
-Al tiempo de casarnos, cuando yo ya estaba seca (pensé en la menopausia), empezó mi Juan a venir cada día más tarde. Se metía en la taberna y llegaba borracho a la casa. Me gritaba a mí y a los niños y algunas veces me levantaba la mano pero yo le esquivaba. Me repudió como mujer porque ya no le gustaba y buscaba mujeres de la vida. Eso me dio mucha pena, porque yo siempre le he querido a reventar.
Su cara se ensombreció y con un gesto resignado me comentó que cayó muy malito.
-Lo estuve cuidando con mucho cariño tres años y se me murió "con el hígado deshecho". Una cirrosis hepática deduje.
-Voy todos los días al cementerio a llevarle un clavel que es la flor que más le gusta y de paso le cuento las cosas de mis hijos -Se volvió hacia mí sonriendo -el otro día se casó mi nieta, la más pequeña. Tengo trece nietos y dos biznietos -me informó muy orgullosa.
-Voy a ver si me compro "un poquito pescao p'hacerme un emblanquito"
Admiré el amor incondicional de esta buena mujer que, después de lo que le había hecho sufrir su marido, aun seguía amándole.
Caminante no hay camino, hacemos camino al andar....
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